La mañana que siguió a la caída del último eslabón criminal amaneció con una luz limpia, como si la ciudad misma hubiera decidido exhalar. En la mansión Aslan, el bullicio habitual se había transformado en una calma generosa: las ventanas abiertas dejaban entrar el olor de pan recién hecho, y por primera vez en meses, el equipo reunido compartía sonrisas que no necesitaban contenerse.
Los procesos judiciales seguían su curso, pero la embestida mediática había perdido la intensidad voraz de ante