La madrugada llegó con una sola llamada: el número era desconocido, pero la voz al otro lado, susurrada y entrecortada por nervios, era la de alguien que había decidido romper el silencio.
—Soy yo —dijo la voz, apenas un eco—. Te he ayudado moviendo tus archivos en Londres. Sé quién es El Arquitecto. Pero no puedo decírtelo por teléfono. Encuéntrame en el Zindeli Café, en la calle Küçükayasofya. A las diez en punto. Solo yo y tú, Karaman.
Nehir guardó el teléfono con el pulso tembloroso. Al ve