La mañana en que partieron hacia Londres amaneció con una niebla ligera sobre el Bósforo: los últimos vestigios del invierno se aferraban a los muros de la mansión Aslan. Nehir se despidió de su madre en la puerta principal, con un abrazo que sonó a promesa y a advertencia. Ayla negó con la cabeza en silencio, guardando en las pupilas el orgullo y el miedo de haber empujado a su hija contra un poder que superaba fronteras. Halil la acompañó hasta el auto; la mano de Nehir se cerró sobre la suya