El sonido del vaso rompiéndose aún vibraba en los huesos de Leyla. No eran cristales comunes. Era una rabia convertida en vidrio. Y el rostro de Mirza —ese que ella conocía en sus momentos más vulnerables, más peligrosos— ahora lo sostenía a otra mujer. A esa jueza que no había nacido para complacer, sino para dictar sentencia con la sangre de quien se le pusiera delante.
—Vas a arrepentirte, Mirza —susurró ella, con la voz más rota que las copas en el suelo—. Vas a arrepentirte de olvidarte qu