Chloe Donovan
El trayecto desde el ático hasta Shoreditch fue inusualmente silencioso. No era un silencio incómodo, sino uno cargado de la pesadez de lo que acabábamos de pactar. El "acuerdo de sombras". Al mirar por la ventana del coche, vi cómo Londres se despertaba con su prisa habitual, ajena a que yo acababa de vender mi paz mental por un fuego que prometía consumirme.
Dominic conducía con una mano en el volante y la otra descansando sobre la palanca de cambios, con esa seguridad arrogante