La madrugada se había instalado sobre el Cruce de los Tres Caminos con una humedad pesada, envolviendo las hogueras de las aldeas en una neblina que apagaba los colores y amortiguaba los sonidos, creando una atmósfera de irrealidad donde los centinelas parecían fantasmas de piedra custodiando un sueño frágil. Yo intentaba descansar apoyada contra el tronco de un viejo castaño, sintiendo el latido sordo de la montaña bajo mi espalda y el roce del diario de la fundadora contra mi costado, mientras a mi lado, Julian dormía un sueño profundo, ajeno a la tormenta que se gestaba en los límites de la luz. Dante, unos metros más allá, mantenía la mirada fija en el campamento militar, donde las antorchas de los soldados brillaban como ojos de insecto en la oscuridad, pero ni siquiera su instinto de cazador pudo prever la sombra que se deslizaba con la fluidez del humo entre los carros de suministro.
El silencio fue roto no por un grito, sino por un susurro metálico, el sonido del acero rozand