La madrugada se había instalado sobre el Cruce de los Tres Caminos con una humedad pesada, envolviendo las hogueras de las aldeas en una neblina que apagaba los colores y amortiguaba los sonidos, creando una atmósfera de irrealidad donde los centinelas parecían fantasmas de piedra custodiando un sueño frágil. Yo intentaba descansar apoyada contra el tronco de un viejo castaño, sintiendo el latido sordo de la montaña bajo mi espalda y el roce del diario de la fundadora contra mi costado, mientra