El amanecer trajo consigo un frío que no pertenecía a la estación, un aire cortante que bajaba de las cumbres cargado con el olor a metal y a caballos cansados, mientras el tañido de la campana de la iglesia, lento y fúnebre, anunciaba que las doce horas del ultimátum habían expirado. Desde la balconada de madera de la casa de Tomás, podía ver el despliegue de las tropas de la capital en la entrada del valle, una línea de uniformes azules que avanzaba con una precisión mecánica, rompiendo la paz de los campos de trigo con el brillo de sus bayonetas caladas.
El emisario jefe, aquel hombre de levita negra que ayer sonreía con hipocresía, permanecía ahora montado en su semental blanco, observando el reloj de bolsillo con la frialdad de quien cuenta granos de arena, esperando que el primer disparo marcara el inicio del fin para nuestra pequeña utopía de piedra y barro.
—Ya están aquí, Valeria, y no vienen a negociar sobre el papel de estraza o sobre el precio del grano, vienen a borrar l