El amanecer trajo consigo un frío que no pertenecía a la estación, un aire cortante que bajaba de las cumbres cargado con el olor a metal y a caballos cansados, mientras el tañido de la campana de la iglesia, lento y fúnebre, anunciaba que las doce horas del ultimátum habían expirado. Desde la balconada de madera de la casa de Tomás, podía ver el despliegue de las tropas de la capital en la entrada del valle, una línea de uniformes azules que avanzaba con una precisión mecánica, rompiendo la pa