El rocío de la madrugada se sentía como agujas de hielo sobre mi rostro mientras avanzábamos por el linde del bosque que custodiaba el cauce del río de las Piedras Blancas, un lugar que en otros tiempos era sinónimo de meriendas y risas bajo los sauces, pero que hoy se había transformado en una barrera de acero y pólvora. Dante caminaba delante, moviéndose con esa cautela felina que había perfeccionado en las sombras de la montaña, mientras que detrás de mí, el joven Julian respiraba con dificultad, abrumado por el esfuerzo físico y por el peso de un apellido que empezaba a comprender que no era una bendición, sino una diana pintada en su pecho.
El murmullo del agua, que normalmente era un canto a la vida, llegaba a mis oídos mezclado con el tintineo de las bayonetas y el relincho de los caballos de la patrulla que custodiaba el puente viejo, el único paso seguro antes de que el cauce se volviera un torbellino de rocas y espuma.
—Debemos cruzar antes de que el sol termine de romper l