El rocío de la madrugada se sentía como agujas de hielo sobre mi rostro mientras avanzábamos por el linde del bosque que custodiaba el cauce del río de las Piedras Blancas, un lugar que en otros tiempos era sinónimo de meriendas y risas bajo los sauces, pero que hoy se había transformado en una barrera de acero y pólvora. Dante caminaba delante, moviéndose con esa cautela felina que había perfeccionado en las sombras de la montaña, mientras que detrás de mí, el joven Julian respiraba con dificu