El frío en las Tierras Altas no era un simple descenso de temperatura, sino una presencia física que te calaba hasta la médula, envolviéndote en una mortaja de escarcha mientras ascendíamos por senderos que solo las cabras y los desesperados se atreverían a transitar. Habíamos dejado atrás el refugio de la cascada con el primer rayo de una luz grisácea que apenas lograba herir la densa niebla de la montaña, cabalgando hacia el noreste, donde las minas de plata abandonadas se hundían en las entr