El frío en las Tierras Altas no era un simple descenso de temperatura, sino una presencia física que te calaba hasta la médula, envolviéndote en una mortaja de escarcha mientras ascendíamos por senderos que solo las cabras y los desesperados se atreverían a transitar. Habíamos dejado atrás el refugio de la cascada con el primer rayo de una luz grisácea que apenas lograba herir la densa niebla de la montaña, cabalgando hacia el noreste, donde las minas de plata abandonadas se hundían en las entrañas del macizo como cicatrices de una ambición antigua que el tiempo no había logrado cerrar.
Dante guiaba el camino con la mirada puesta en las crestas dentadas, Elara vigilaba nuestra retaguardia con esa tensión silenciosa de quien espera un ataque desde las sombras, y yo, aferrada a las riendas de mi caballo, sentía el peso del diario de la fundadora contra mi pecho, recordándome que cada paso nos alejaba de la seguridad de lo conocido para entregarnos a la incertidumbre de las profundidades