CAPITULO 28

El aire en el patio de la aldea estaba tan cargado de pólvora y desesperación que cada vez que intentaba respirar sentía que el pecho me ardía, mientras las cadenas que sujetaban mis muñecas se clavaban en la carne con un frío que ya no era solo físico, sino que parecía brotar de la misma injusticia que nos rodeaba. Aranda permanecía allí, con su fusta golpeando rítmicamente su bota de montar, esperando una respuesta que yo no sabía si podía dar sin traicionar la memoria de mi padre, mientras v
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