El aire en el patio de la aldea estaba tan cargado de pólvora y desesperación que cada vez que intentaba respirar sentía que el pecho me ardía, mientras las cadenas que sujetaban mis muñecas se clavaban en la carne con un frío que ya no era solo físico, sino que parecía brotar de la misma injusticia que nos rodeaba. Aranda permanecía allí, con su fusta golpeando rítmicamente su bota de montar, esperando una respuesta que yo no sabía si podía dar sin traicionar la memoria de mi padre, mientras veía a Julián y a los otros muchachos temblar bajo la vigilancia de unos soldados que habían perdido cualquier rastro de humanidad en sus miradas.
El silencio era absoluto, roto únicamente por el crujir de las brasas de la escuela que aún humeaba a lo lejos, hasta que un sonido profundo, un retumbar que no venía del cielo sino de las entrañas mismas de la tierra, empezó a subir por el camino del norte.
—¿Escuchas eso, comisionado? —preguntó Dante, con la voz ronca pero cargada de una esperanza q