El olor a brea, a salitre y a madera húmeda se había convertido en mi nueva brújula, una fragancia persistente que lograba acallar, por fin, el aroma a cerrado de las bibliotecas y el perfume rancio de las salas de justicia que tanto tiempo habitamos. Nos habíamos instalado en una pequeña aldea costera llamada Cala Silencio, un grupo de casas blancas que se aferraban al acantilado como percebes a la roca, donde el único estruendo permitido era el del Atlántico rompiendo con furia contra los espigones y el grito de las gaviotas que reclamaban su parte del botín cuando los barcos de pesca regresaban al amanecer.
Aquí, bajo este cielo inmenso que no entendía de títulos ni de herencias, Dante y yo intentábamos recomponer los pedazos de nuestras vidas, aprendiendo que la libertad tenía el sabor amargo de la piel curtida por el sol y la fatiga dulce de trabajar con las manos en lo que la tierra y el mar nos quisieran ofrecer.
—Valeria, el mercado ha cerrado temprano hoy, parece que la torm