El olor a brea, a salitre y a madera húmeda se había convertido en mi nueva brújula, una fragancia persistente que lograba acallar, por fin, el aroma a cerrado de las bibliotecas y el perfume rancio de las salas de justicia que tanto tiempo habitamos. Nos habíamos instalado en una pequeña aldea costera llamada Cala Silencio, un grupo de casas blancas que se aferraban al acantilado como percebes a la roca, donde el único estruendo permitido era el del Atlántico rompiendo con furia contra los esp