El invierno en Cala Silencio no llegaba con nieve, sino con una bruma densa que se enredaba en los palos de los barcos y un viento del norte que obligaba a cerrar las maderas de las ventanas antes de que el sol se ocultara tras los acantilados. Durante esos meses de calma forzada, mientras el mar rugía con una furia sorda que nos recordaba nuestra propia pequeñez, Dante y yo habíamos encontrado un propósito que no nacía del miedo, sino de la reconstrucción silenciosa de lo que la codicia de otros había intentado aniquilar.
En el antiguo almacén de salazón que el pueblo nos había cedido, un edificio de piedra volcánica con techos de vigas de madera que crujían con cada ráfaga de viento, habíamos fundado nuestra pequeña escuela de oficios, un espacio donde el conocimiento no se medía por títulos académicos manchados de sangre, sino por la destreza de las manos y la honestidad de la palabra.
—Sujeta la gubia con firmeza, el nudo de la madera no es tu enemigo, es simplemente una parte de