El invierno en Cala Silencio no llegaba con nieve, sino con una bruma densa que se enredaba en los palos de los barcos y un viento del norte que obligaba a cerrar las maderas de las ventanas antes de que el sol se ocultara tras los acantilados. Durante esos meses de calma forzada, mientras el mar rugía con una furia sorda que nos recordaba nuestra propia pequeñez, Dante y yo habíamos encontrado un propósito que no nacía del miedo, sino de la reconstrucción silenciosa de lo que la codicia de otr