El aire en el vestíbulo del Palacio de Justicia de la capital estaba cargado de un magnetismo pesado, una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara bajo la tela sobria de mi chaqueta azul marino, mientras el eco de cientos de conversaciones apresuradas rebotaba contra las columnas de mármol de Carrara. No había pantallas ni grandes despliegues de luz, solo el aroma rancio del papel antiguo, el sudor de los periodistas amontonados y el persistente olor a cera para madera que parecía emanar de los altos estrados donde se decidiría nuestro destino.
Dante caminaba a mi lado, con una mano apoyada firmemente en la base de mi espalda, y aunque su postura era la de un hombre que ha recuperado su corona, yo podía sentir el temblor casi imperceptible en sus dedos, una vibración de ansiedad que me recordaba que, bajo el esmoquin y la confianza, seguía siendo el chico que había visto su mundo desmoronarse entre las cenizas de una traición familiar.
—Mantén la vista a