El aire en el vestíbulo del Palacio de Justicia de la capital estaba cargado de un magnetismo pesado, una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara bajo la tela sobria de mi chaqueta azul marino, mientras el eco de cientos de conversaciones apresuradas rebotaba contra las columnas de mármol de Carrara. No había pantallas ni grandes despliegues de luz, solo el aroma rancio del papel antiguo, el sudor de los periodistas amontonados y el persistente olor a cera para mad