CAPITULO 14

El frío de la madrugada en la capital no era como el de las montañas, era un frío húmedo, impregnado de hollín y de ese olor metálico que desprenden las ciudades que nunca duermen del todo, mientras nos deslizábamos por las calles laterales en un coche que olía a tapicería vieja y a tabaco rancio, un vehículo que nadie asociaría con la opulencia de los Valerius ni con la tragedia de los Ross. Me miré en el pequeño espejo del parasol, ajustándome la peluca castaña y las gafas de montura gruesa que Elena Vance me había proporcionado, sintiendo que bajo aquel disfraz de estudiante de intercambio no quedaba ni rastro de la chica que había bailado en el palacio, ni de la fugitiva que había corrido por los túneles.

Dante, sentado al volante, lucía una barba de varios días y una gorra de obrero que le ensombrecía la mirada, transformando su elegancia atlética en la rudeza de alguien que se gana la vida con la fuerza de sus hombros y el silencio de su boca.

​—Recuerda, Valeria, en cuanto cruc
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