El frío de la madrugada en la capital no era como el de las montañas, era un frío húmedo, impregnado de hollín y de ese olor metálico que desprenden las ciudades que nunca duermen del todo, mientras nos deslizábamos por las calles laterales en un coche que olía a tapicería vieja y a tabaco rancio, un vehículo que nadie asociaría con la opulencia de los Valerius ni con la tragedia de los Ross. Me miré en el pequeño espejo del parasol, ajustándome la peluca castaña y las gafas de montura gruesa q