El espejo del piso franco me devolvía una imagen que apenas lograba reconocer, la de una mujer envuelta en seda color esmeralda que parecía haber robado la elegancia de las mismas sombras que antes la ocultaban, pero mis manos, todavía ásperas y con restos de barro bajo las uñas, delataban la verdad de los últimos días. Dante entró en la habitación terminando de ajustar el nudo de su corbata, luciendo el esmoquin negro con una naturalidad aristocrática que me recordó quién era él antes de que e