CAPITULO 12

El espejo del piso franco me devolvía una imagen que apenas lograba reconocer, la de una mujer envuelta en seda color esmeralda que parecía haber robado la elegancia de las mismas sombras que antes la ocultaban, pero mis manos, todavía ásperas y con restos de barro bajo las uñas, delataban la verdad de los últimos días. Dante entró en la habitación terminando de ajustar el nudo de su corbata, luciendo el esmoquin negro con una naturalidad aristocrática que me recordó quién era él antes de que el mundo se incendiara, aunque el corte en su ceja y la rigidez de su hombro herido contaban una historia de supervivencia que ningún sastre podría camuflar. Nos miramos en silencio, dos espectros disfrazados de gala, sabiendo que al cruzar el umbral del Palacio de Gobierno estaríamos entrando voluntariamente en la boca de un lobo que ya no se conformaría con mordiscos de advertencia.

​—Estás increíble, Valeria, parece que hubieras nacido para llevar ese vestido y no para esconderte entre legajos
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