El balanceo del bote sobre las aguas negras de la costa era una tortura rítmica que me devolvía, con cada vaivén, el dolor punzante en las costillas y el sabor a salitre que se me había pegado a la garganta. El motor fuera de borda tosía con un ronquido metálico, constante pero precario, mientras nos alejábamos de las luces de Saint-Marie, que ahora no eran más que un resplandor anaranjado y violento consumiendo los muelles que dejábamos atrás. Dante yacía con la cabeza apoyada en mi regazo, su