El balanceo del bote sobre las aguas negras de la costa era una tortura rítmica que me devolvía, con cada vaivén, el dolor punzante en las costillas y el sabor a salitre que se me había pegado a la garganta. El motor fuera de borda tosía con un ronquido metálico, constante pero precario, mientras nos alejábamos de las luces de Saint-Marie, que ahora no eran más que un resplandor anaranjado y violento consumiendo los muelles que dejábamos atrás. Dante yacía con la cabeza apoyada en mi regazo, su respiración era un silbido entrecortado que me quemaba la piel a través del pantalón empapado, y sus dedos, todavía manchados de la pólvora y el barro de la pelea con Vane, se aferraban a mi mano como si yo fuera el único cabo que lo mantenía unido al mundo de los vivos.
—Va a estar bien Valeria, ese muchacho tiene más vidas que un gato de callejón y una terquedad que le viene de casta —dijo Marcus, sin apartar los ojos del horizonte, mientras sus manos expertas corregían el rumbo de la pequeñ