Prisión Federal de Máxima Seguridad – Houston, Texas.
La celda era un agujero negro en las entrañas de la prisión, un cubo de concreto gris sin ventanas donde el tiempo se disolvía en un eterno presente de dolor. El aire estaba cargado de humedad y el olor metálico de la sangre seca, mezclado con el hedor acre del sudor y el miedo. Una única bombilla colgaba del techo, balanceándose ligeramente por una corriente invisible, proyectando sombras que danzaban como demonios en las paredes agrietadas. Fernando Solano yacía encadenado a la pared opuesta, su cuerpo un mapa de tormento: costillas rotas que le robaban el aliento con cada inhalación, cortes superficiales que ardían como fuego lento, moretones púrpuras que cubrían su torso como una armadura de derrota. El cabestrillo había sido arrancado horas antes, dejando su brazo herido colgando inerte, un peso muerto que enviaba ondas de agonía con cada movimiento mínimo.
La tortura había sido metódica, casi artística en su crueldad. Los hom