Prisión Federal de Máxima Seguridad – Houston, Texas.
La celda era un agujero negro en las entrañas de la prisión, un cubo de concreto gris sin ventanas donde el tiempo se disolvía en un eterno presente de dolor. El aire estaba cargado de humedad y el olor metálico de la sangre seca, mezclado con el hedor acre del sudor y el miedo. Una única bombilla colgaba del techo, balanceándose ligeramente por una corriente invisible, proyectando sombras que danzaban como demonios en las paredes agrietadas