Mansión Segura de Gabriela – Afueras de Houston.
El sol de la mañana se filtraba a través de las cortinas blindadas de la mansión segura, proyectando rayos dorados que danzaban sobre el suelo de mármol como promesas frágiles de un nuevo comienzo. Pero para Gabriela Rivera, el mundo aún parecía envuelto en una niebla gris de agotamiento y culpa. La mansión —un refugio fortificado con paredes reforzadas, cámaras ocultas y guardias en cada esquina— se sentía menos como un hogar y más como una cárcel de lujo, un recordatorio constante de la guerra que había consumido su vida. Sentada en el salón principal, con una taza de café enfriándose entre sus manos temblorosas, Gabriela miraba por la ventana sin ver realmente el jardín donde el jazmín trepaba por los muros como venas vivas. Su vestido negro, el mismo que había usado en el funeral de León Salazar el día anterior, se ceñía a su cuerpo como una segunda piel de luto, un recordatorio tangible del vacío que la carcomía.
Adrián Rojas estab