El aire en la oficina era espeso, cargado con el olor a café rancio y papel viejo, un aroma que se pegaba a la piel como una segunda capa de tristeza. Flor se sentó en la silla de cuero agrietado, sus manos temblando ligeramente mientras alisaba el dobladillo de su vestido azul marino, un atuendo sencillo que había elegido esa mañana como si fuera una armadura contra el inevitable dolor. Frente a ella, Mateo ocupaba la silla opuesta, su traje gris arrugado en los codos, los ojos oscuros hundidos por noches de insomnio. Entre ellos, la mesa de caoba pulida sostenía los papeles del divorcio: un fajo de documentos impersonales que reducían quince meses de matrimonio —de risas compartidas, noches apasionadas y una hija que era su mundo— a cláusulas legales y firmas requeridas.
El abogado, un hombre de mediana edad con gafas de montura fina y una expresión neutral que rayaba en la indiferencia, se aclaró la garganta, rompiendo el silencio que se había instalado como un invitado no deseado.