El aire en la oficina era espeso, cargado con el olor a café rancio y papel viejo, un aroma que se pegaba a la piel como una segunda capa de tristeza. Flor se sentó en la silla de cuero agrietado, sus manos temblando ligeramente mientras alisaba el dobladillo de su vestido azul marino, un atuendo sencillo que había elegido esa mañana como si fuera una armadura contra el inevitable dolor. Frente a ella, Mateo ocupaba la silla opuesta, su traje gris arrugado en los codos, los ojos oscuros hundido