La habitación de visitas en la prisión era fría y gris. El ambiente estaba impregnado de la energía sombría que solo se encuentra en esos lugares donde el tiempo se dilata y las vidas parecen suspendidas. Las paredes, una mezcla de concreto y acero, eran testigos de los secretos, los dolores y las traiciones que se habían tejido detrás de cada puerta cerrada. En una mesa de acero, Eirin estaba sentada, su mirada estaba fija en el hombre que tenía en frente. La única presencia que rompía el sile