Eirin lo miró sin vacilar. Sabía que sus palabras eran una amenaza, pero no la afectaban. No podía dejar que Orestes la intimidara. Ya había sido suficiente.
—No me importa lo que pienses. Esta vez no me tendrás. Te lo prometo.
Orestes soltó una risa fría, sin humor, y se recostó en la silla, como si se sintiera cómodo en su posición, como si aún creyera que todo estaba bajo su control.
—Veremos, Eirin. Veremos si sigues pensando lo mismo cuando el único hombre que te pertenezca sea yo. La hist