El salón del Palazzo di Fiori en Roma relucía con mármol pulido y candelabros de cristal. Los asistentes, envueltos en terciopelo, satén y discursos vacíos, no sabían que entre ellos caminaba un muerto. Ethan Rusbel ya no existía, y no porque Eliseo lo haya asesinado como se vanaglorió en decir una y otra vez. No. En su lugar, apareció un hombre de barba cuidadosamente cerrada, ojos azules y lentes de aumento, que vestía un traje Brioni oscuro, una mascarilla social perfecta, con la identidad l