Eliseo observaba el horizonte desde lo alto del edificio principal de la Fundación Arcadia. Su silueta se recortaba contra el cristal mientras la ciudad, indiferente, seguía respirando caos y poder. Vestía un traje gris oscuro, hecho a la medida, con una camisa negra sin corbata. Su cabello, impecablemente peinado hacia atrás, no mostraba una sola cana. Parecía una estatua tallada en mármol sombrío.
—Hoy, el infierno tiene nuevo dueño —murmuró mientras encendía un cigarro, sin apartar la mirada