El atardecer se deshacía en naranjas y carmesí sobre las vidrieras del penthouse de Eliseo. El lujo era opulento y gélido, como una jaula de oro sin barrotes visibles. Eirin, vestida con un conjunto de seda azul medianoche y tacones de aguja, observaba su reflejo en el ventanal, pero lo que devolvía la imagen era una extraña. La mujer en el cristal ya no era la que había entrado a ese mundo, sino una criatura de hielo tallada por el miedo, el deseo de poder y las cicatrices del pasado.
—Hoy hab