Capítulo 32. Una salvadora inesperada.
Al otro lado del salón, lejos del centro de atención, Rodrigo miraba todo el teatro apoyado en la barra junto a su amigo Vicente.
—Me quiero ir ya de esta mierd4 —masculló Rodrigo, dándole un trago rápido a su bebida.
—Tranquilo, hermano. Espérate unos minutos más, haces acto de presencia y te retiras antes de que empiece la subasta —le aconsejó Vicente, dándole un par de palmadas en la espalda.
—Mi vida es una completa cagada, Vicente. Todo me sale mal. Me casé con un parásito que no tiene un