Capítulo 115. Tanta amabilidad confunde.
El eco de los gritos amenazantes de la mujer aún vibraba en las paredes de la oficina, dejando tras de sí un ambiente pesado y asfixiante.
Emma se dejó caer en su silla ejecutiva, frotándose las sienes con desesperación. Estaba pálida, y un ligero temblor se apoderaba de sus manos.
Nicolás caminó rápidamente hacia el dispensador, sirvió un poco de agua y regresó a su lado.
—Deberías ir a casa a descansar, mi amor —dijo él con un tono suave y protector, ofreciéndole el vaso con agua fresca—. Tu