El viento del Estrecho golpeaba el acantilado con una violencia casi física, arrastrando el olor a salitre y a la pólvora quemada que aún flotaba en el ambiente. Lucía se quedó inmóvil, con la mano izquierda firmemente apoyada sobre su vientre. Bajo la tela del hábito de caridad que aún vestía, sintió una punzada sorda, un espasmo biológico que no se parecía a nada que hubiera experimentado durante su embarazo con Mateo.
Las palabras de Elena Moretti quedaron suspendidas en el aire, más frías q