El zumbido electrónico en el búnker del Santo Oficio se volvió insoportable. Era una vibración que no se escuchaba con los oídos, sino con los dientes; la frecuencia de pulso neuronal que Vicente transmitía desde Marbella estaba elevando la temperatura cerebral de Mateo a niveles críticos. El niño tenía los ojos inyectados en sangre, las pupilas reducidas a alfileres, y las manos extendidas hacia Elena Moretti como las garras de un autómata.
—¡Hazlo, Lucía! —el grito de Elena apenas se distingu