El carruaje familiar se adentró con pesadez en la larga avenida de robles centenarios que conducía a Ashbourne Manor al caer la tarde. Los últimos rayos del sol, dorados y oblicuos, se filtraban entre las hojas, pintando de sombras largas y cambiantes el camino de gravilla.
Tras semanas de adoquines grises, del ruido constante de carruajes y pregoneros, y del aire espeso de Londres, la campiña resultaba casi irreal: el aire era fresco y puro, impregnado del aroma dulce de la hierba húmeda, del