El aire dentro del contenedor de carga era denso, frío y metálico, con olor a lubricante industrial y óxido. La oscuridad era total, un vacío que la linterna de Tariq apenas podía perforar.
Se movía con la precisión dolorosa de un depredador herido, su cuerpo, todavía recuperándose del atentado sufrido unos días antes, protestaba a cada movimiento dentro del compartimento secreto forrado de plomo.
Había volado de Dubái a Montreal con una identidad genérica falsificada por su red de seguridad y