Eleanor se vistió para esa noche.
El vestido de seda verde esmeralda se sentía como una segunda piel, ajustado a su figura, elegante y recatado, como Tariq había exigido. Al mirarse en el espejo, el color le recordó, no a la esperanza, como se supone que debe evocar el verde, sino a la tierra: a una tumba de arena bajo un sol inclemente.
Sus dedos buscaron consuelo y se cerraron alrededor del medallón de su abuela en su pecho. Era de oro antiguo, con un relieve que parecía un sol o un ojo, no e