El aroma a café seguía impregnando el aire de la pequeña cabaña de Ramiro, pero la atmósfera se había tensado con la inminente partida de Lucas. Elena, sentada a la mesa, observaba a Lucas prepararse, cada movimiento de su hombro vendado una punzada de preocupación en el corazón de ella. La determinación en los ojos de Lucas era inquebrantable; su hermano Leonel, la última pieza de su pasado que le quedaba, era un llamado que no podía ignorar.
—Estaré bien —Lucas le había prometido a Elena, un