El roce de sus manos, la intensidad de sus miradas, había encendido una chispa largamente contenida en la penumbra del refugio. La tensión acumulada de la huida, del peligro constante, del reencuentro inesperado, encontró su cauce en ese espacio íntimo. Ramiro, como un guardián silencioso, había desaparecido discretamente en la cocina, dejándolos solos.
Lucas se inclinó hacia Elena, su rostro pálido y con una cicatriz en el hombro, pero sus ojos ardían con una pasión contenida. Elena, con un su