El aire en el pequeño refugio de Ramiro era denso, cargado con el olor a pasión y a la cruda intimidad que se había desatado entre Elena y Lucas. Las sábanas del catre estaban revueltas, testimonios silenciosos de un anhelo largamente reprimido y ahora liberado con una fuerza voraz. La luz tenue que se filtraba por las rendijas de la ventana apenas iluminaba sus cuerpos entrelazados, la piel brillante con el sudor.
El beso, que había comenzado con una ternura desesperada, se había profundizado