El silencio en el refugio de Ramiro era denso, un manto de quietud que invitaba al descanso, pero que no lograba acallar la tormenta que se agitaba en el interior de Elena. Lucas, recostado en el catre, con el hombro vendado, observaba a Elena mientras ella terminaba de revisar los últimos archivos del USB. La tenue luz de la laptop iluminaba su rostro concentrado, revelando el agotamiento y la determinación. Ramiro, como una estatua viviente, vigilaba la puerta desde la cocina improvisada, un