El sedán blindado se deslizaba por las calles mojadas, las luces de la ciudad parpadeando como ojos distantes en la noche. Dentro, el silencio era casi opresivo, roto solo por el suave zumbido del motor y el siseo de los neumáticos sobre el asfalto mojado. Elena, todavía temblorosa por la adrenalina, observaba el perfil pétreo de Lucas. Sus manos aferraban el borde del asiento, intentando controlar los espasmos de su cuerpo.
-¿A dónde vamos? -preguntó Elena, su voz un poco ronca. Había esperado