Mundo ficciónIniciar sesiónA las 14:00, Mateo ya tenía a todo su equipo activado.
Diez hombres más en la escuela de Lupita.
Cuatro siguiendo a Sofía las 24 horas (aunque ella no lo supiera). Equipos rastreando cada movimiento de Javier en CDMX. Y una recompensa de medio millón de dólares por información que llevara a su captura.Estaba en su oficina, hablando por teléfono con Carlos, cuando Sofía entró sin tocar. Llevaba una carpeta en las manos, pero la dejó sobre el escritorio sin decir nada.
Mateo colgó y la miró.
—¿Qué pasa?
Ella se acercó, le pasó los brazos por el cuello y lo besó. Fue un beso lento, profundo, diferente a todos los anteriores. Cuando se apartó, tenía los ojos brillantes.
—Quiero que esta noche sea diferente —dijo, voz baja pero firme—. Quiero entregarme a ti de verdad. Sin miedo. Sin reservas. Sin pensar en mañana.
Mateo sintió que algo se le apretaba en el pecho.
—Sofía…
—Quiero que me folles como si fueras a quedarte conmigo para siempre —continuó ella, mirándolo a los ojos—. Porque yo ya decidí que me quedo. Contigo. Aunque me dé miedo. Aunque tu familia me odie. Aunque el mundo se ponga en nuestra contra. Te elijo a ti.
Mateo la besó con una intensidad que casi la derribó. La levantó y la sentó en su escritorio, apartando papeles sin importarle. Le subió la falda, le bajó las bragas y se arrodilló entre sus piernas.
Esta vez no fue rápido. Fue lento, devoto. La lamió como si estuviera adorando un altar, con lengua ancha y paciente, hasta que Sofía se corrió temblando, agarrada a su cabello, gimiendo su nombre como una oración.
Cuando por fin la penetró, lo hizo mirándola a los ojos, centímetro a centímetro, sin prisa.
—Dilo otra vez —le pidió, voz ronca, mientras se enterraba hasta el fondo.
—Te elijo —susurró Sofía, rodeándolo con las piernas—. Te elijo a ti, Mateo. Hoy. Mañana. Siempre.
Él gruñó y empezó a moverse, profundo, constante, cada embestida diciendo lo que las palabras no alcanzaban. Le agarró las muñecas por encima de la cabeza, la besó, le mordió el cuello, le susurró cosas sucias y tiernas al mismo tiempo:
—Eres mía…
—Nadie te va a lastimar nunca más… —Te amo, Sofía… joder, te amo tanto que me duele.Sofía se corrió llorando, el cuerpo convulsionando alrededor de su polla, y Mateo la siguió, gruñendo su nombre contra su boca mientras se vaciaba dentro de ella.
Se quedaron unidos un largo rato, respirando el mismo aire. Luego Mateo se apartó con cuidado, la limpió con una toallita tibia que sacó del baño, y la abrazó contra su pecho sentado en su silla de cuero.
—Esta noche —dijo después de un rato, voz baja pero clara— no hay contrato. No hay “solo sexo”. Solo tú y yo. Y lo que queramos ser.
Sofía levantó la vista, con los ojos aún húmedo.
—Quiero ser tuya —respondió—. De verdad. Sin miedo.
Mateo sonrió. Fue una sonrisa rara en él: suave, casi vulnerable.
—Entonces lo serás —prometió—. Para siempre.
A las 19:00, mientras cenaban con Lupita en la cocina del penthouse, el teléfono de Mateo vibró. Era Carlos.
Contestó.
—¿Qué? —preguntó, y su expresión cambió de inmediato.
Colgó y miró a Sofía.
—Lo encontraron —dijo, voz baja y oscura—. Javier está en un hotel en el centro. Mis hombres lo tienen rodeado. Esta noche termina todo.
Sofía sintió que se le helaba la sangre… pero también una extraña calma.
Porque por primera vez, no estaba sola.
Porque por primera vez, tenía a alguien dispuesto a quemar el mundo por ella.
Y porque por primera vez, ella también estaba dispuesta a quedarse y pelear.







