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Capítulo 14 Enfrentar el Pasado

Mateo estaba en la terraza del penthouse, hablando por teléfono con Carlos. La noche era fresca, pero él parecía hecho de hielo.

—Quiero que esté vivo cuando llegue —decía, voz baja y letal—. Pero si se resiste, puedes romperle las dos piernas. No me importa. Solo asegúrate de que no huya otra vez.

Sofía lo observó desde la puerta corredera. Llevaba puesta una de sus camisas negras, descalza, el cabello suelto. Respiró hondo y salió.

—Voy contigo —dijo.

Mateo se giró. Frunció el ceño.

—No.

—Voy —repitió ella, firme—. No voy a quedarme aquí escondida mientras tú arriesgas todo por mí. Javier es mi pasado. Es mi batalla también. Quiero mirarlo a los ojos y decirle que ya no me da miedo.

Mateo la miró durante un largo segundo. Luego suspiró, pasó una mano por su cabello y la atrajo contra su pecho.

—Eres la mujer más terca que he conocido —murmuró contra su cabello.

—Y tú eres el hombre más protector que he conocido —respondió ella, levantando la vista—. Pero ya no quiero ser solo protegida. Quiero estar a tu lado. Como igual. Como tuya de verdad.

Mateo la besó. Fue un beso duro, posesivo, casi desesperado.

—Está bien —aceptó al fin—. Pero te quedas en el coche con Carlos. No bajas. ¿Entendido?

Sofía asintió, aunque ambos sabían que esa promesa podría romperse.

---

El hotel estaba en el centro de la ciudad, un lugar viejo y barato, el tipo de sitio donde la gente va a desaparecer. Cuatro hombres de Mateo custodiaban las salidas. Dos más esperaban en el pasillo del tercer piso.

Mateo y Sofía llegaron en un coche negro con vidrios polarizados. Ella se sentó atrás con Carlos, mientras Mateo bajaba solo, seguido por dos guardaespaldas.

Sofía lo vio entrar al edificio y sintió que se le apretaba el pecho. Quería seguirlo. Quería estar allí cuando él enfrentara al hombre que la había destruido durante años.

—Señorita —dijo Carlos en voz baja—, el jefe dijo que se quede aquí.

Sofía no contestó. Abrió la puerta del coche y bajó antes de que Carlos pudiera detenerla.

Subió las escaleras corriendo, el corazón latiéndole en la garganta. Cuando llegó al tercer piso, la puerta de la habitación 312 estaba entreabierta. Escuchó voces.

Entró.

Javier estaba sentado en una silla, manos atadas, cara ensangrentada. Mateo estaba frente a él, con una pistola en la mano, pero sin apuntar. Solo la sostenía, como advertencia.

—…y si vuelves a acercarte a ella —estaba diciendo Mateo—, te juro que voy a hacer que ruegues por morir.

Javier levantó la vista y vio a Sofía en la puerta. Sonrió, aunque le sangraba la boca.

—Miren nada más… la perra finalmente salió de su jaula.

Sofía sintió que se le helaba la sangre, pero no retrocedió. Dio un paso adelante.

—Terminó —dijo, voz sorprendentemente firme—. Todo terminó. Ya no me das miedo. Ya no tienes poder sobre mí.

Javier rio, un sonido ronco y desagradable.

—Siempre voy a tener poder sobre ti, Sofía. Porque mientras yo viva, tú nunca vas a estar tranquila. Y mientras tu hermana viva, tú nunca vas a estar libre.

Mateo levantó la pistola y la apoyó contra la frente de Javier.

—Entonces quizás ya no debas vivir —dijo, voz gélida.

Sofía sintió que el tiempo se detenía.

—Mateo —llamó, voz baja pero clara—. No. No así. No por mí.

Mateo la miró. Tenía los ojos oscuros, llenos de furia y dolor.

—Él te lastimó —gruñó—. Te golpeó. Te amenazó con tu hermana. Merece morir.

—Lo sé —respondió Sofía, acercándose—. Pero si lo matas… te conviertes en él. Y yo no quiero eso. Quiero que pague. Quiero que vaya a la cárcel. Quiero que sepa que perdió. Pero no quiero que su sangre quede en tus manos. Porque tus manos… —le tomó la mano libre y la besó— son las que me sostienen cuando tengo miedo. Las que me tocan como si fuera algo precioso. No quiero que se ensucien por mí.

Mateo la miró durante un largo segundo. Luego bajó la pistola.

—Llámenlo a la policía —ordenó a sus hombres—. Que lo lleven. Que lo encierren. Pero asegúrense de que nunca salga.

Dos hombres se llevaron a Javier, que seguía riendo como un loco mientras lo sacaban.

Cuando se quedaron solos en la habitación, Mateo se giró hacia Sofía y la abrazó con fuerza, casi aplastándola contra su pecho.

—Eres la única persona en el mundo que podría detenerme —susurró contra su cabello—. La única que puede hacerme mejor… o peor.

Sofía lo abrazó igual de fuerte.

—Entonces déjame hacerte mejor —respondió—. Juntos.

Mateo la besó. Fue un beso lento, profundo, lleno de algo que ya no necesitaban nombrar.

—Juntos —repitió él contra sus labios—. Para siempre.

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