Mateo estaba en la terraza del penthouse, hablando por teléfono con Carlos. La noche era fresca, pero él parecía hecho de hielo.
—Quiero que esté vivo cuando llegue —decía, voz baja y letal—. Pero si se resiste, puedes romperle las dos piernas. No me importa. Solo asegúrate de que no huya otra vez.
Sofía lo observó desde la puerta corredera. Llevaba puesta una de sus camisas negras, descalza, el cabello suelto. Respiró hondo y salió.
—Voy contigo —dijo.
Mateo se giró. Frunció el ceño.
—No.
—Voy