Miré la mirada llena de orgullo de Aleksander y la mirada de Analía que era una de total compasión. Dejé el vaso a un lado y me acerqué a Aleksander.
—¿Especiales? ¿Cuánto te costó el paquete?
—$300 y viene una docena —respondió sacando pecho y muy orgulloso—. El vendedor me dijo que eran mangos sin semillas.
—¡¿Qué?! —Sentí que todo debajo de mis pies se movió—. ¡Gran tonto, te han estafado! Aquí no existe tal cosa como mango sin semilla.
—Pero si ni siquiera lo has visto. —Los ojos de Leo se pusieron como borrego a medio morir. —Trata de comer uno y vas a ver.
—Aleksander, mi vida, mi cielo, mi amor, mi estrella de la mañana, salud de los enfermos, refugio de los pecadores, Rosa Mística…
—¡Esas son las letanías! —gritó Analía —y no creo que sirvan de mucho en este caso. Ya estafaron a Aleksander y valimos queso.
—Denle una oportunidad a los mangos, miren, están rosados.
—Porque es mango de rosa, pero ten por seguro que dentro viene una gran semilla.
Tomé uno de los mangos y, aunque