Epílogo

El mausoleo siempre huele a piedra fría y a silencio antiguo. Cada vez que entro, siento que el mundo se queda afuera, como si las voces, el ruido y los años se detuvieran justo en la puerta. Camino despacio, dejando que el eco de mis pasos me recuerde que sigo aquí, que sigo viva.

Me detengo frente a su nombre.

Antonia.

Hay días en los que todavía me sorprende no escuchar su risa detrás de mí, no sentir su mano empujándome el hombro con esa confianza que solo existe entre quienes se conocen de
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