Mundo ficciónIniciar sesiónEl sonido de la sirena de emergencia rasgó el aire de la base con una violencia que me hizo saltar de la silla. En una zona de conflicto, ese sonido solo significaba una cosa: heridos múltiples y poco tiempo. Me ajusté los guantes de látex y miré a Cassy, quien ya estaba movilizando a las enfermeras con la precisión de un general.
—¡Emma, vienen dos helicópteros! —gritó Cassy mientras corríamos hacia la zona de triaje—. Dicen que hubo una emboscada en el convoy de suministros.
Salimos al helipuerto justo cuando las aspas levantaban una nube de polvo cegadora. Los camilleros bajaban heridos a toda prisa. Noah estaba allí, dirigiendo el desembarco, con el rostro manchado de hollín pero manteniendo esa calma sobrenatural que lo caracterizaba.
—¡Dra. Brown, tome al paciente de la camilla tres! —ordenó Noah sin mirarme, enfocado en un soldado con una herida abdominal—. ¡Necesita una toracotomía de urgencia!
Corrí hacia la camilla indicada. El paciente era un hombre joven, pálido y con una hemorragia masiva en el pecho. Empecé a dar órdenes de inmediato para estabilizarlo mientras lo llevábamos hacia el quirófano de campaña.
—¡Necesito una vía central y dos unidades de O negativo, ahora! —exclamé mientras presionaba la herida.
—Ya estoy en ello, Doctora —respondió una voz masculina al otro lado de la camilla.
Alcé la vista por primera vez y el mundo pareció detenerse, a pesar del caos, los gritos y el ruido de los motores. Al otro lado del paciente, sosteniendo la bolsa de suero, estaba él. Sus manos largas y cuidadas, sus gafas de montura fina algo empañadas por el calor, y esos ojos marrones que una vez me miraron con promesas de un futuro hogareño.
Ariel. El Dr. Ariel estaba allí, a escasos centímetros de mí.
Él también me miró. Por un segundo, vi cómo sus pupilas se dilataban y su frente se fruncía con una confusión dolorosa. Noté cómo su mano tembló apenas un milímetro al ajustar la vía.
—¿Bella? —susurró, con la voz quebrada por la incredulidad.
—Se equivoca de persona, Doctor. Soy la Dra. Emma Brown —respondí con una frialdad que no sentía, mientras mi corazón golpeaba mis costillas como un animal enjaulado—. Y si no se concentra en la presión arterial de este hombre, va a morir antes de que lleguemos a la mesa de operaciones. ¡Muévase!
El entrenamiento de Ariel se impuso a su asombro. Asintió, tragando saliva, y seguimos corriendo hacia el pabellón. Durante la siguiente hora, el quirófano fue un campo de batalla. Trabajamos codo a codo, un baile sincronizado de bisturís, suturas y órdenes rápidas. Ariel era un médico brillante, siempre lo había sido, pero cada vez que nuestras manos se rozaban al intercambiar instrumental, sentía una descarga de electricidad que amenazaba con romper mi compostura.
—Sutura de seda 3-0 —pedí sin apartar la vista del campo operatorio.
Él me la entregó, pero no soltó el hilo de inmediato. —Tienes la misma forma de cerrar la arteria... —dijo en voz baja, casi para sí mismo—. Es una técnica muy específica. Solo conocí a una persona que la hacía así.
—Doctor, este no es el momento para nostalgias —le corté, aunque el sudor frío me recorría la nuca—. Cierre la fascia y termine de limpiar. Tenemos tres pacientes más esperando.
Salí del quirófano casi huyendo. Me arranqué la mascarilla y salí a la parte trasera del hospital buscando aire. La adrenalina estaba bajando y el temblor en mis manos empezaba a ser evidente. Noah estaba allí, apoyado contra un jeep, bebiendo agua. Al verme, se acercó de inmediato.
—Buen trabajo ahí dentro, Emma. El chico va a sobrevivir gracias a ti —dijo Noah, pero su expresión cambió al ver mi cara—. ¿Qué pasa? Estás más pálida que el paciente.
Antes de que pudiera responder, la puerta del hospital se abrió y Ariel salió, todavía con la bata manchada de sangre. Se detuvo en seco al vernos. Sus ojos viajaron de Noah a mí, y luego a la mano de Noah que se había posado protectoramente en mi hombro.
—¿Emma Brown? —preguntó Ariel, acercándose lentamente—. Es un nombre muy común. Pero esa cicatriz en tu muñeca derecha, la que intentas tapar con el reloj... se la hizo una chica que yo amaba cuando se rompió una copa el día que le pedí matrimonio.
Noah se tensó a mi lado. Sus ojos verdes se volvieron gélidos mientras daba un paso al frente, interponiéndose entre Ariel y yo.
—Dr. Ariel, creo que está confundido por el cansancio de la guardia —dijo Noah con voz de mando—. La Dra. Brown es mi cirujana jefa y no creo que aprecie que la comparen con sus fantasmas personales. Vuelva a su puesto.
—Sé lo que vi, Capitán —replicó Ariel, sin amedrentarse—. Y sé que Bella Brown murió en un accidente hace dos años. Pero si no fuera porque vi su funeral en la televisión, juraría que la mujer que acaba de salvar esa vida conmigo es ella.
Ariel me miró una última vez, con una mezcla de esperanza y dolor que me partió el alma, antes de dar media vuelta y entrar de nuevo al hospital.
Me quedé en silencio, temblando. Noah se giró hacia mí, tomándome por el rostro para que lo mirara a los ojos.
—¿Estás bien? —preguntó Noah en un susurro—. No dejaré que te toque, Emma. No dejaré que nadie te quite la vida que construimos.
—Él me reconoció, Noah —susurré, sintiendo las lágrimas asomar—. Si él lo hizo, ¿cuánto tiempo pasará antes de que Dylan Gallardo lo haga? Mi pasado no está muerto, Noah. Acaba de entrar a mi quirófano.
Noah me abrazó con fuerza, ocultando mi rostro en su pecho. Por encima de mi hombro, vi a Cassy observándonos desde la distancia con una expresión de profunda preocupación. El refugio que habíamos construido empezaba a agrietarse, y el Dr., el CEO y el Militar estaban ahora en el mismo tablero de ajedrez.







