Mundo ficciónIniciar sesiónLa noche en la base no traía paz. El encuentro con Ariel en el quirófano había abierto una grieta en mi armadura que ni siquiera el cansancio físico podía cerrar. Me giré en la cama de mi camarote una y otra vez, hasta que el sueño me venció, pero no fue un sueño reparador.
Volví a estar en aquel coche. El olor a gasolina, el peso del vestido de novia asfixiándome y la risa fría de Dylan Gallardo resonando en el habitáculo. "Eres mía, Bella. Un contrato no se rompe así como así". Desperté de golpe, con el corazón martilleando contra mis costillas y la sensación de que el aire me faltaba. Estaba temblando, empapada en un sudor frío que me recordaba que, aunque legalmente Bella Brown estaba muerta, Emma todavía arrastraba sus cadenas.
Sin pensarlo, me puse una bata y salí al pasillo metálico. Mis pies me llevaron por instinto hasta la puerta del camarote de Noah. Dudé un segundo, con la mano suspendida en el aire, pero el terror de la pesadilla fue más fuerte que mi orgullo. Golpeé suavemente.
La puerta se abrió casi de inmediato. Noah estaba sin camisa, solo con sus pantalones militares, con el cabello revuelto y la mirada alerta de alguien que siempre duerme con un ojo abierto. Al verme, su expresión de soldado se suavizó al instante.
—¿Emma? ¿Qué pasa? ¿Estás herida? —preguntó, tomándome de los hombros y metiéndome en la habitación.
—Solo... una pesadilla —susurré, abrazándome a mí misma—. Volví a verlo, Noah. Dylan estaba allí, y Ariel me miraba con esos ojos de reproche... Siento que todo se está desmoronando.
Noah cerró la puerta y me condujo hacia su cama, obligándome a sentarme. Se arrodilló frente a mí, tomando mis manos frías entre las suyas.
—Escúchame bien —dijo con esa voz grave que siempre lograba calmar mi tormento—. Dylan Gallardo está a miles de kilómetros y cree que eres cenizas. Y Ariel... Ariel no tiene poder sobre ti. Aquí no eres Bella. Aquí eres la mujer que salva vidas, la mujer que yo rescaté porque el mundo no podía permitirse perderte.
Hablamos durante un rato largo. Me contó historias de sus misiones para distraerme, de cómo el humor era su única medicina en el frente, y poco a poco, los temblores cesaron. El silencio se volvió cómodo, cargado de una intimidad que solo surge en la madrugada.
—Deberías intentar dormir un poco más —dijo él en voz baja—. Tienes guardia en unas horas.
—No quiero volver a estar sola —admití, sintiendo una punzada de vulnerabilidad.
Noah asintió y se hizo a un lado en la estrecha cama militar. Me acosté tímidamente y él se acomodó detrás de mí. Sentí el calor de su cuerpo rodeándome. Su brazo, firme y protector, se deslizó por mi cintura, atrayéndome hacia su pecho. Me sentí, por primera vez en años, completamente a salvo.
—Descansa, Emma. Estoy aquí —susurró contra mi nuca.
Sentí sus labios rozar mi cuello en un beso casto pero cargado de una ternura que me hizo estremecer. Sus dedos trazaron círculos lentos en mi abdomen, y yo me giré lentamente para quedar frente a él. La penumbra de la habitación apenas nos permitía vernos, pero la electricidad entre nosotros era casi tangible.
Noah llevó una mano a mi mejilla, recorriendo con el pulgar mi labio inferior. Sus ojos verdes azulados ardían con un deseo contenido que me dejó sin aliento. Él se inclinó, buscando mis labios con una lentitud tortuosa, y yo cerré los ojos, entregándome a ese momento que llevábamos dos años postergando. Nuestras respiraciones se mezclaron, la punta de su nariz rozó la mía y...
¡BANG, BANG, BANG!
Unos golpes estruendosos en la puerta nos hicieron saltar.
—¡Capitán Jones! ¡Despierte, bella durmiente! ¡Sé que estás ahí dentro porque huelo tu perfume de macho desde aquí! —la voz de Cassy retumbó por todo el pasillo.
Noah soltó un gruñido profundo, una maldición que me hizo reír a pesar de la frustración. Se dejó caer de espaldas en la almohada, cubriéndose la cara con las manos.
—Te juro, Emma... te juro que voy a mandar a esa mujer de regreso a la ciudad en el próximo convoy de basura —gruñó Noah, levantándose con evidente molestia.
Se puso una camiseta rápidamente y abrió la puerta con un tirón violento. Cassy estaba allí, sosteniendo una carpeta de informes con una sonrisa de absoluta malicia. Miró a Noah, luego miró la cama donde yo intentaba sentarme con dignidad, y su sonrisa se ensanchó.
—Vaya, vaya... ¿interrumpo una sesión de "rehabilitación nocturna"? —se burló Cassy, guiñándole un ojo a Noah.
—Rey, si no tienes un código rojo que reportar en los próximos diez segundos, te juro que te asignaré a la limpieza de las letrinas durante un mes —sentenció Noah, con los brazos cruzados.
—¡Oh, qué miedo, Capitán! —Cassy se echó a reír, entrando al camarote sin invitación—. Solo venía a decirte que Ariel está haciendo preguntas incómodas sobre la Dra. Brown en la cafetería, y pensé que querrías saberlo antes de que Emma decida que es buena idea pasearse por ahí con el pelo revuelto.
Cassy me miró y me lanzó un beso al aire. —De nada, amiga. Por cierto, Noah, la próxima vez ponle seguro a la puerta. Algunos no tenemos la decencia de tocar tan fuerte.
—¡Fuera! —rugió Noah, aunque se notaba que el enfado estaba cediendo ante la vergüenza.
Cassy salió saltando y riendo, dejando un silencio cargado de una energía muy distinta. Noah cerró la puerta, esta vez pasando el seguro con un clic sonoro que resonó en toda la habitación. Se giró hacia mí, rascándose la nuca.
—Lo decía en serio —dijo, volviendo a acercarse a la cama—. La voy a enviar de regreso.
—No podrías —me reí, extendiendo mi mano hacia él—. La necesitas tanto como yo.
Noah tomó mi mano y me atrajo hacia él de nuevo, pero la magia del momento se había transformado en una complicidad divertida. Me dio un beso corto en la frente.
—Tal vez ella tenga razón —susurró—. Ariel está al acecho. Y mañana, Emma, tendremos que ser más fuertes que nunca. Pero ahora... ahora solo quédate conmigo.
Me quedé. Y aunque no hubo beso, esa noche dormí sin pesadillas, sabiendo que el Capitán estaba dispuesto a quemar el mundo por mantener a salvo el secreto de la Dra. Brown.







