Valentina
El lugar donde Gennaro Esposito hacía sus reuniones no tenía nada de extraordinario, y precisamente por eso funcionaba.
No era una mansión con lámparas caras ni una sala blindada con mármol y escoltas visibles. Era un depósito disfrazado de taller, con olor a aceite quemado, metal caliente y tabaco rancio. Las paredes estaban manchadas por el humo acumulado de años y el techo crujía con cada vibración lejana de la ciudad.
Todo era ordinario, pero yo no lo era.
La máscara negra me cu