Valentina
La lluvia había dejado la ciudad con ese brillo sucio que Palermo fingía no tener, como si el asfalto también supiera mentir.
Desde mi posición, dentro del auto estacionado a media cuadra del edificio, las luces de los faroles se estiraban sobre la calle como venas abiertas.
Marco Ferraro entraba y salía de lugares distintos cada día, como si la paranoia fuera un hábito heredado, pero su patrón era claro: siempre volvía a su oficina antes de caer la noche, siempre revisaba dos veces