La mañana había roto sobre Roma como un yunque caliente, pesada y opresiva, aunque el cielo permanecía despejado.
En su elegante oficina de mármol y nogal, Stefano Greco se paseaba con una lentitud que era más aterradora que cualquier arrebato.
Detrás de su escritorio, la Sub agente Verónica Moretti lo observaba con el corazón latiendo con fuerza contra sus costillas como un pájaro atrapado.
Había pasado la noche en vela, coordinando la excavación y la vigilancia, solo para fallar en encontrar