Leo, sin poder sostener la intensidad del momento, se puso de pie, su movimiento era rápido, su atención ahora fija en las pantallas.
— Las amenazas no conocen el descanso. Y nosotros tampoco. Vuelva a su puesto, por favor, Signorina.
Su tono era profesional, pero el ligero temblor en su voz no pasó inadvertido para Sofía. Él estaba nervioso. Ella lo había desarmado con una simple muestra de afecto.
Sofía sonrió sutilmente. El jefe de seguridad no era una máquina, sino un hombre con cicatrices