Parado en la cabina de tiro, donde una serie de blancos de siluetas humanas estaban esperando a cuarenta metros.
— La gente muere, Chiara. Y tú no vas a ser una de las que mueren por incompetencia — Le avisó, como si no fuera a permitir semejante estupidez.
La tomó de la mano con brusquedad. La piel de Dario estaba caliente y áspera. La guio hacia la mesa y cerró sus dedos sobre la empuñadura fría del arma.
Luciana sostenía con torpeza el ar*ma sintiendo el peso en sus manos con dificultad, no