El beso en la frente. No había sido en absoluto un gesto de posesividad instintiva y animal como el que me había propinado durante las sombras de la noche en la alcoba, sino más bien un sello definitivo, un reclamo frío, calculado y completamente público sobre mi propiedad e identidad ante la jerarquía. Había constituido la última gota de una humillación sistémica que ya no creía poder soportar.
Inmediatamente después de cruzar el umbral, Xavier me había arrastrado prácticamente de regreso a lo