El cuarto de lavandería era una auténtica celda. No tenía barrotes de hierro forjado ni pesadas puertas de piedra, pero la humedad densa que se pegaba a las paredes, el olor penetrante y químico a detergente barato de uso industrial y el constante, casi desquiciante murmullo de las tuberías de agua vieja que corrían por el techo lo hacían sentir mucho más opresivo y asfixiante que cualquier prisión en la que hubiese estado antes. Era un cubículo minúsculo, apenas un recoveco olvidado al final del ala de servicio de la mansión, y a través de la pequeña ventana sucia y cubierta de grasa solo podía ver la imponente, gris y desnuda pared exterior de la casa de la manada. Era, a todas luces, un lugar diseñado exclusivamente para almacenar cosas rotas, viejas u olvidadas por el tiempo. Y ahora, por obra del destino, era mi nuevo hogar. Xavier, el Alfa que la Madre Luna había decidido de forma caprichosa que me pertenecía, me había asignado a este rincón abandonado con una frialdad casi qu
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