El silencio que siguió a la tormenta y al juicio público se instaló en el castillo con la densidad de una neblina mansa. La ejecución de los mercenarios no había dejado un rastro de regocijo sangriento en los pasillos, sino una sobria certeza de orden. El nido se había defendido, el heredero había respondido y la ley de Luna Ancestral se mantenía intacta.
Aquella tarde, el cielo plomizo finalmente se rompió, dando paso a los rayos dorados de un sol de invierno tardío que comenzaba a derretir la